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"La cosa se pone fea"

Un artículo de Jaume Santacana

". Advierto que lo que les voy a contar a partir de ahora puede que no les guste a mas de uno... o de cien. Les ruego comprensión".
". Advierto que lo que les voy a contar a partir de ahora puede que no les guste a mas de uno... o de cien. Les ruego comprensión".

Vamos a ver, antes que nada les debo una explicación que aclare el título de este humilde artículo veraniego: he escrito «la cosa» refiriéndome al mundo, a todo aquello que nos rodea y nos envuelve. He pensado que «la cosa» quedaba algo más refinado y menos intelectual; o sea, más inclusivo y, a la par, menos cursi o repipi.

Desde hace algún tiempo —no les sabría decir cuánto— vengo en dedicarme a observar a la gente, a los ciudadanos con los que, diariamente, me cruzo ya sea en un vagón de metro, por la calle, en la cola de embarque de un avión, en el mercado o, simplemente, en una piscina. Advierto que lo que les voy a contar a partir de ahora puede que no les guste a más de uno... o de cien. Les ruego comprensión.

La realidad, pues, es que realizo esta actividad (la de observar a la gente, sin descaro ni desvergüenza) de manera sistemática y con una alta dosis de concentración por mi parte; les aseguro que pongo todos mis sentidos al servicio de este cometido.

¿El resultado de este estudio minucioso y riguroso por mi parte? Se lo pondré muy sencillo: la gente —así, en general, a lo bestia, y salvando las distancias y las excepciones (que las hay, ¡vaya si las hay!)— es fea, muy fea.

No les voy a engañar: el que suscribe este texto no es ningún Adonis ni ninguna Venus. Soy un tipo tirando hacia una normalidad estándar, ni más ni menos. Mido y peso con corrección; poco pelo (cosa que le da un toque sensual al asunto); rubio y con ojos azules; un cuerpo que se mantiene suelto y resultón y puedo ir por ahí con la cara muy alta. Todo eso no quita para que mi juicio sobre mis conciudadanos planetarios sea justo y equitativo. Yo, a mis congéneres, en general (ya lo he comentado) los veo feos de narices. Feos y feas, para ser más exactos e inclusivos.

El pueblo (lo que sería el vulgo, en lo que me incluyo a pesar mío) se ha quedado feo desde hace algún tiempo. Los humanos con los que me cruzo y me mezclo tienen unos rasgos faciales que tiran a la fealdad, sin más excusas. Es como si se hubieran abandonado a su suerte, con pocas esperanzas de mejorar la raza (las razas, todas). Como si no tuvieran espejos o bien —si los tuvieran— no los utilizaran. Y debe suceder que, cuando se miran unos a otros (sobre todo en las clásicas escenas amorosas y tal) no se dicen lo guapos que son porque no se lo creen... o porque ya son conscientes de que mentirían como bellacos con piropos que saben falsos desde el principio.

Pero es que, además, para más inri, además de ser feos y feas, visten mal; ¡vamos, que visten peor de lo que son! Porque, digo yo, que feos como son, si se arreglaran un poquito igual se amortizaba un poco el efecto. Pues no: calzan chancletas y chándales en su vida social; camisetas sin mangas dejando pelos y sudor en sus axilas; visten pantalones agujereados [o ajironados] o medias con las que no se sabe si en su interior hay piernas o maderos; numerosos tatuajes ensucian su piel y las barbas (los varones) se ven olvidadas o mal cuidadas. Aun por encima, algunos de ellos (no todos, claro) acompañan su fealdad con acciones incívicas o con muy poca urbanidad. Eso en su vida social, la que contraen con sus compañeros de calle o vagón. En las llamadas redes sociales, la falta de ética y estética (y moralidad) es ya impresionante: los insultos, las groserías, los escupitajos vertidos son más evidentes que los de los jugadores de fútbol en el terreno de juego.

Para aclarar: no soy un hombre rico, no tengo propiedades y vivo de alquiler; no pertenezco a la alta sociedad ni a la jet set de turno; no soy esnob ni voy a esquiar; no suelo mirar por encima del hombro ni me considero ningún intelectual de pacotilla.

Les he hecho partícipes, así, simplemente, de mis observaciones fruto de prestar atención a lo que me rodea. Y me sabe mal, la verdad.

¡Otro día hablaremos de la fealdad en el mundo de la política!

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia