«Yo he querido ser muchas veces Robert Redford». Cuando hace poco leí esta afirmación del director del programa Días de Cine, Gerardo Sánchez, me sentí plenamente identificado con él.
Hacía años, por no decir décadas, que yo había querido decir o escribir algo así, pero hasta ahora no me había atrevido a hacerlo, más que nada porque creía que tal vez podría haber dado lugar a algunos posibles malentendidos de diversa índole. Ustedes ya me entienden.
Así que cuando vi que Sánchez había hecho esa confesión en el texto que preparó para el excelente libro colectivo El universo de Robert Redford (Notorius Ediciones), pensé que ya no podía ni debía demorar más el hacer público mi profundo deseo de ser como el coprotagonista de La jauría humana, Dos hombres y un destino o El golpe.
«Yo lo que he querido ser muchas veces es uno de esos personajes que hizo Robert Redford», especificaba Sánchez en ese texto, para añadir a continuación: «Pero lo que de verdad quise ser, y muchas veces todavía me siento ser, fue Jeremiah Johnson desde la primera vez que vi la película de Sydney Pollack».
En mi caso, lo que de verdad quise ser, y muchas veces todavía me siento ser, fue no sólo el legendario y valiente protagonista de Las aventuras de Jeremiah Johnson, sino también el de El candidato, Tal como éramos, Los tres días del cóndor, Todos los hombres del presidente, Brubaker o Cuando todo está perdido.
Las historias que contaban esos filmes eran muy distintas entre sí, pero tenían casi siempre un perceptible nexo en común, que era el de la ejemplar manera de ser del protagonista, aun con sus dudas y sus vacilaciones. Así, en la pantalla se nos aparecía normalmente una persona íntegra, benévola, noble, inteligente, frágil, con principios y valores, liberal, luchadora, empática y a menudo también algo melancólica.
Paralelamente, quienes le llegaron a conocer también personalmente decían que Redford poseía esas mismas virtudes como director de cine, como creador del Festival de Sundance o en su vida cotidiana, con sus amigos y su familia.
Por eso quise ser muchas veces Robert Redford, aun a pesar de que en la mayoría de sus filmes casi nunca se acababa quedando con la chica, algo que, curiosamente, a mí también me solía ocurrir con bastante frecuencia en la realidad.
Esa absoluta simbiosis espiritual tal vez no era tan rotunda en lo físico, pues él era rubio y con los ojos azules, y yo era moreno —hoy ya cano— y con los ojos verdes, a lo que habría que añadir que seguramente él era, en conjunto, un poco más atractivo y sexy que yo. Por no hablar de su cautivadora sonrisa, con la que yo apenas podía competir.
Por otra parte, es cierto que también quise ser, lo reconozco, Humphrey Bogart en Casablanca, Alan Ladd en Raíces profundas, Sterling Hayden en Johnny Guitar, Gregory Peck en Matar a un ruiseñor y La noche de los gigantes, Cary Grant en Charada, Steve McQueen en Bullitt, Paul Newman en Veredicto final, Clint Eastwood en El jinete pálido, James Spader en Crash o Tom Cruise en Eyes Wide Shut, pero es igualmente verdad que nunca lograron desbancar a Robert Redford de la primera posición de mi lista.
Tras este breve ejercicio de desnudez —mitómana— y de sinceridad, creo que debería volver de nuevo ahora al principio de este artículo y a Gerardo Sánchez, con quien comparto asimismo su fascinación por el extraordinario western Las aventuras de Jeremiah Johnson, una fascinación cinéfila y vital que yo haría extensiva a Tal como éramos y a Los tres días del cóndor, dirigidas también ambas por el maestro Sydney Pollack.
Otro elemento común que también compartían esas tres producciones era que habían sido rodadas cuando yo aún era un niño, en los convulsos años setenta, al igual que otra obra maestra indiscutible de Pollack, Yakuza, protagonizada por un Robert Mitchum que, por cierto, creo que debería formar parte de mi segunda lista ya hoy mismo.
Pese a mi corta edad de entonces, ya en aquel momento me daba cuenta de que, como les comenté, mi querido alter ego cinematográfico casi nunca se acababa quedando con la chica en sus películas, ni siquiera en la que quizás sea mi favorita de todas las que he citado, Los tres días del cóndor, donde seremos testigos de una preciosa historia de amor entre Joseph Turner (Robert Redford) y Kathy Hale (Faye Dunaway), que apenas durará unas pocas horas.
Él es un modesto funcionario de la CIA al que la propia organización quiere eliminar de inmediato sin dejar huellas y ella es una fotógrafa introvertida y reservada que, inicialmente y de manera aleatoria, es secuestrada por Turner en una pequeña tienda de Nueva York, para que, si es posible, le ayude a intentar escapar de sus perseguidores. Y así será a partir del misterioso instante en que, acabado ya el secuestro, vaya surgiendo entre ambos una fuerte e inesperada complicidad afectiva.
En cierto modo, es una historia de amor imposible prácticamente desde el principio, porque Kathy tiene ya pareja y porque intuye, con razón, que seguramente Turner no vivirá demasiado tiempo. Aun así, percibimos casi desde el inicio una conexión muy profunda entre los dos, una conexión que suele ser propia sobre todo de las almas solas o solitarias. O de ambos tipos de almas a la vez.
Ello explicaría también por qué él se dedica profesionalmente sólo a leer libros para intentar descifrar posibles mensajes en clave y por qué ella fotografía hermosas imágenes en blanco y negro, de calles desiertas y árboles sin hojas, tomadas en su práctica totalidad en noviembre.
Tras pasar dos jornadas imborrables por muy diversas razones, Kathy y Turner se separarán al final de ese segundo día, despidiéndose en una anónima estación neoyorkina: él para coger un tren a Washington con el objetivo de intentar sobrevivir ya completamente solo unos días más, o a lo mejor sólo hasta que llegue la noche o la madrugada, y ella con el propósito de coger un autobús e ir a reunirse con su pareja en Vermont.
—«Tú tienes muy buenas cualidades, pero...», le dice Kathy a Turner con suma ternura y un afecto casi infinito en el andén de la estación.
—«¿Qué buenas cualidades?», le pregunta tímidamente él.
—«Unos bonitos ojos. No bondadosos, pero que no mienten. No miran demasiado lejos, pero no se pierden nada. Me vendrían bien unos ojos así», le responde ella mientras le abraza fuertemente.
Instantes después, ambos se separan y todos sabemos que ya nunca más se volverán a ver.
Sí, yo quise ser Robert Redford muchas veces. Pero también soñé en alguna ocasión con que alguien dijera alguna vez de mis ojos lo que dijo de los suyos la gran Faye Dunaway.
