El título procede de una película. La distancia entre la cobardía y el coraje es apenas un trazo. Esta semana, la frontera entre la actividad profesional legítima y el tráfico de influencias se nos ha revelado como una línea roja casi imperceptible. En el panorama político, tanto nacional como internacional, todo ha adquirido el aire de un filme bélico. Aunque podría teñirse de azul, verde, morado. O quedar incolora. Nunca inodora. Para los sentidos, este asunto suena mal, sabe peor y se contempla con destellos incómodos.
Circula la idea de que la vieja puerta giratoria se ha transformado en algo más sutil: un circuito de privilegios, un tránsito discreto entre poder y negocio. Quizá simplemente se ha corroído y algunos han tenido que buscar atajos. Lo comprobamos en los tribunales. Decisiones a medida, favores cruzados, resortes del Estado utilizados como herramientas personales. Las líneas rojas y las azules no discurren paralelas: se cruzan, se mezclan, se contaminan. Depende de quién gobierne y de cuánto dure la impunidad.
Esta semana reapareció Zapatero, convertido ya en personaje: ZP. Su voz temblaba en un vídeo grabado desde una vivienda millonaria, con jardín de urbanización de lujo. Quiso sonar firme, pero no lo logró. Negar con eufemismos, recurriendo al “yo”, una presunta obtención ilícita de ingresos desde ese escenario no contribuye a la credibilidad del desmentido ni del desmentidor.
La pieza separada sobre el rescate de una aerolínea vinculada a Venezuela no es la única. En esta ha caído ZP, y el golpe ha sido desde muy alto. Me viene a la memoria Delcy y su visita a Barajas: siempre vuelve dos veces, como el cartero. Y no parece que sus entradas y salidas sean fruto del azar.
Conviene observar el entorno. En esta partida hay ases, comodines y cartas ocultas. No hace falta enumerarlos: todos saben quiénes son. Lo relevante no es la lista, sino el patrón. El patrón es feudal.
Se ha instaurado una cultura política feudal: un señor —el político—, un territorio simbólico, unos clientes bajo su amparo y unos siervos, casi esclavos. A diferencia de la Edad Media, no se asienta en tierras, sino en poder. Pasamos de lo material a lo intangible. Y el poder reside en relaciones, en capacidad de influencia, en favores dentro de una clase dirigente. Es una economía de trueque: tú me colocas un BOE para un cliente mío y yo te consigo una casa en Bermudas. O una conferencia millonaria. O un sobre que va y viene como la marea.
En una ocasión, llevando un asunto fuera de España, un cliente me dijo: “Me han recomendado contactar con un ex… muy bien relacionado en el país X. Sus honorarios serían 50.000 €, pero no se le pueden pagar a su nombre”. Me negué de inmediato. Pagar por un nombre y por influencias es traicionar el derecho. Pero es lo que hay. Ese ejemplo resume mejor que ningún otro lo que ha sustituido a la puerta giratoria.
En ese territorio parece haberse instalado ZP. Pero más pronto que tarde —muy pronto— se instalarán otros. Hay piezas separadas, secretas, en la Audiencia Nacional. El enigma es quiénes aparecerán. Hay varios en la cuerda floja, sosteniéndose con la pértiga del equilibrista. Pero también hay nervios, y esos nervios acabarán aflorando.
El asunto de ZP en Venezuela era conocido allí y silenciado aquí. Quizá porque era un apoyo político útil, quizá porque convenía mirar hacia otro lado. ZP era impopular en Venezuela, con una imagen asociada al dinero. Toda mediación conduce, de un modo u otro, a una cuenta corriente. Las labores de apoyo a regímenes no son gratuitas. Las conexiones al máximo nivel entre presidentes llevan al oro de la señorita Pepis, al bote, al chupeteo y a la corte de los milagros de conseguidores, comisionistas y pilluelos.
No nos engañemos: se sabía. Y no cuento todo lo que me ha llegado desde Venezuela en estos años. Si yo lo sabía, aquí se ha preferido no ver.
A la vista está que una cosa es la política y el servicio público, y otra muy distinta el cocido y la servidumbre de los ciudadanos al señor feudal. El enchufismo, las desigualdades de cuna, la ambición, los complejos, la codicia, el autoengaño para salvar la conciencia, la normalización de lo anómalo como método para despenalizar ciertos delitos.
Esa es la delgada línea. Roja ahora, más rentable que cualquier circuito de privilegios. Pero el poder no tiene color. Cambiará de tonalidad en cuanto los populismos ocupen cargos públicos. Antes se regalaba un abrigo de piel por Navidad. Ahora lo que vale es la casita o la isla, aquí o donde sea.
No deseo que nadie sea condenado por nada, no deseo que quienes nos han representado tengan el calificativo final de delincuentes. Respeto el derecho a la defensa y a la presunción de inocencia, pero indicios hay, cuando no debería ni haber sospecha.
La línea roja no separa el bien del mal: separa a quienes aún sienten vergüenza de quienes ya no la necesitan.
