Demasiado calor como para escribir un artículo sobre el calentamiento social. El global, el que nos transmiten las noticias desde los informativos y los periódicos, es real. No hay duda. Hoy nos llega desde Almería. El bosque encendido no es un jardín encantado: es un contradictorio elemento primordial, unas veces instrumento de vida, pero también de muerte. Desde los tiempos en que el homínido más ancestral fue capaz de vivir, fue incapaz de dominar el fuego. Y así hasta ahora mismo.
Entonces, al sentir estos calores que ni las vacaciones conseguirán aplacar, además de la solidaridad con las víctimas, siento que debo refrescar estas “crónicas desde la frontera”. Y la forma que se me ocurre no es escribir sobre fútbol ni sobre la selección española, sino sobre golf.
Comprendo que es un cambio de sesgo respecto al primer párrafo, pero es el recurso literario más chocante que tengo para mantener la idea de un calentamiento sociológico y político insoportable: calor igualmente insoportable y fuego destructor de vida y naturaleza.
El golf es un deporte de naturaleza. Es una prueba de resiliencia ante la incertidumbre de recorrer una extensión verde, no quemada, y que necesita riego. No es un paseo entre árboles, lagos y zonas de arena: es un territorio engañoso y tramposo que se recorre —o no— dándole —o no— a una bola con un palo en forma de bastón para meterla en un agujero. Es, simplemente, absurdo por su simpleza conceptual; incluso tiene más lógica la petanca o las canicas. Pero también es maravilloso por su complicación e incertidumbre permanente.
Este deporte conecta con la imperfección del ser humano y aleja de la IA. Es voluble: tan pronto se puede dar un golpe maravilloso como, al siguiente, no golpear más que el aire. Deberían dibujarle una sonrisa a la pelotita, porque parece indomable. Lo que ocurre es que, al ser el palo y la bola materiales, el instrumento de conexión entre uno y la otra son los brazos de un ser humano inteligente. Por lo tanto, piensa, se equivoca mil veces y, en algunas ocasiones, consigue el milagro de dar el golpe querido.
Lo que hace que se produzca el prodigio es la suma de un equilibrio psicológico, físico e intelectual, mezclado con el viento, el agua, la brizna, la rama o el árbol. Combinar la técnica aprendida con las emociones y con la vida. Este mecanismo absorbe el pensamiento y la concentración, lo que hace que olvides todo lo que pasa fuera del campo. El tiempo y el teléfono se detienen. Trump juega al golf y tiene campos, pero no compartimos ni estilo ni equilibrio.
Uno de los grandes temas del juego es el derecho a enfadarte, y por lo tanto a quemar adrenalina. ¿Por qué, si mi planteamiento del golpe —haciendo un grip en el tee y un swing aparentemente impecables— la bola se va directa al bosque o al lago? ¿Por qué, si mido milimétricamente el san después de haber descartado un hierro 9, la bola se aleja de la bandera del hoyo? No existe explicación humana verosímil, pero sí múltiples posibilidades. ¿Será la condenada brizna de hierba que le da sombra a la bola, o que está un poco escorada, o húmeda, o que vino una racha de viento, o que estoy hasta las narices?
“Putt para birdie, chip para par, oración para bogey” es un clásico y se aprenden idiomas. O esa otra: “Mi swing es como la vida: sé lo que quiero hacer, pero no siempre sale”. Sabiduría filosófica, tan sabia como jugar al rugby, pero más tranquila.
Esta capacidad infinita de error ayuda mucho, porque produce reacciones comprensibles: romper el palo en las rodillas, tirar la gorra al agua, dar patadas a la bola y perderla, gritar. Pero también produce un encuentro sano consigo mismo y con el calentamiento global, incluido el humano. Nos unifica con el resto de los calentamientos y surge el fuego interior, la llama oculta, el desprendimiento de calor.
Una vez aprendido el idioma, la esencia del juego consiste en superar todas las dificultades existentes —enumeradas a título enunciativo y no limitativo— y recorrer un hoyo golpeando la bola sucesivamente en el menor número de golpes posible, sorteando lagos, árboles y todo obstáculo natural imaginable, que se colocan en el recorrido como trampas de cangrejo rojo.
Aquí aparece otra cosa llamada “hándicap”, que es algo así como el número que define el nivel que tienes en el juego. Supongo que la palabra viene de “handicapado”, es decir, torpe. Otra de las palabras clave es “par”. Ese es el tótem. Tiene relación con el número de golpes que necesitas para meter la bola. Alguien —no sé quién—
decide que un campo concreto necesita, por ejemplo, 100 golpes. Eso es el par. Un hándicap 30 significa que eres tan handicapado que haces el campo 30 golpes por encima del par; es decir, necesitas 130 golpes.
En esos 30 golpes de más hay mucha frustración y maldad. Eso es lo que motiva a hacer trampas y apuntar menos golpes de los que das, pero esto es pecado mortal: prohibidísimo y vigiladísimo. Lo que claramente significa es que no tiene origen mediterráneo, sino que viene del gran norte. Todo es un juego de caballeros y damas. No se puede mover la bola de donde cae, tienes tres minutos para encontrar una bola perdida en algún sitio maldito, golpea primero el que va último, hay que mantener unas reglas de educación. Esto es lo que impide que uses el palo como arma contra tu compañero de juego.
Más vale que sea tan handicapádo como tú o tan creativo en el número máximo de golpes como uno mismo. Esto sería el “hándicap creativo”: para este no hay que examinarse; es el más sencillo, pero suena mejor que un número.
Y por fin, la cerveza o la copa de vino fresco en el bar del club al terminar.
Como consecuencia de toda esta operativa —que no es el todo del asunto— se llega a un estado de relajación maravilloso y a una visión de la vida.
En cierta ocasión le preguntaron al fallecido Severiano Ballesteros, jugador histórico, por qué había perdido tres golpes al embocar en el hoyo, y la respuesta fue definitiva: “Fallé, fallé, fallé… la metí”. La mejor definición del golf que conozco: fresca, despreocupada, intemporal, divertida, relajada, y dejando en el aire al autor de la pregunta con respeto, como riéndose: ¿por qué preguntas cosas ilógicas?
Y esto nos lleva a la vida que nos está tocando vivir y a los calentamientos: “No te preocupes, la bola está perdida… pero la esperanza no.”
