El restaurante no era de los más caros, lejos de eso, pero como entre otros vecinos ya lo habían hecho, la pequeña familia estuvo de acuerdo en ir a almorzar fuera de casa para festejar allí los años de la madre.
Entraron con el padre en silla de ruedas y consiguieron que el empleado juntara dos mesas para acomodarlos más satisfactoriamente. Desde el vestuario hasta el propio aspecto corporal todo apuntaba que pertenecían a una clase económica y social… tal vez rozando la pobreza .
Una vez les hubieron presentado el menú, escogieron lo más barato entre lo que les ofrecían y bebieron agua.
El dueño del restaurante les ofreció vino y algún pastel para que pudieran cantar el “cumpleaños feliz”.
Llegó el momento de la cuenta y a pesar de rebuscar en las carteras y bolsos y por más que rebuscaran… los exiguos euros no llegaban a ser suficientes.
El dueño del restaurante aceptó la situación solamente en cuanto ellos salían avergonzados y cabizbajos con la lección aprendida: Aquel lugar no era para ellos.
Simplemente era solo para ricos.
