En un resurgimiento de las ideas de progreso, hemos llegado a aceptar cambios que, hace unos años, habríamos observado, como colectivo, con mucha más prudencia. La expresión se ha convertido en una excusa para justificar casi todo: nuevos hábitos, nuevos idiomas, nuevas tecnologías, nuevas formas de organización social e incluso de la naturaleza. Y gran parte de esto sin discusión ni debate. Pero persiste la pregunta que rara vez nos hacemos: ¿progreso de qué? ¿Y con qué propósito?
Con el transcurso del tiempo se han sucedido transformaciones presentadas como inevitables. Muchas representan, sin duda, avances importantes. Sin embargo, muchas otras dan la impresión de que el progreso material va acompañado de un continuo empobrecimiento humano. Como si, en nuestra prisa, al ganar eficiencia perdiéramos delicadeza; al simplificarlo todo, también eliminamos lo que enriquece y hace única la convivencia.
Se observa, de manera significativa, un retroceso en el ámbito de los valores. La solidaridad, el respeto por la diferencia y la delicadeza en el trato parecen estar perdiendo terreno frente a un sinónimo que proclama la igualdad. ¿Es esto cierto? ¿O acaso confundimos la igualdad en dignidad con la homogeneidad?
Porque, al fin y al cabo, los seres humanos diferimos considerablemente en su camino vital, en su trasfondo cultural y educativo, en sus capacidades, sensibilidades y formas de ser. Esta diversidad enriquece a cada comunidad. Cuando estas diferencias dejan de ser bienvenidas y comienzan a verse como obstáculos para una estandarización deseada, la sociedad no se vuelve más inclusiva, sino más bien fragmentada.
Hace unos días vi anuncios en un teléfono inteligente que sugerían, en un entorno profesional, que expresiones como «por favor», «disculpe» o «gracias» están desfasadas. El mensaje parece implicar que la eficiencia hace innecesaria la cortesía y que la formalidad, artificial y reinventada, constituye una forma superior de comunicación.
Resulta curioso cómo la palabra «anticuado» se ha llegado a usar con una superficialidad casi automática, como si bastara con pronunciarla para descalificar un comportamiento, un objeto, un concepto, una experiencia. Pero lo más preocupante es cuando esta actitud se extiende a las relaciones con las personas mayores, como si la edad fuera un signo de obsolescencia y no un depósito de experiencia y memoria, a veces de sabiduría valiosa.
Así pues, inevitablemente y a veces con indignación, una se pregunta: ¿cuándo empezó la artificialidad a imponerse sobre las buenas maneras? ¿Cómo lo permitimos? Tampoco se cuestiona aquí si también es anticuado saludar con un «buenos días», presentarse por el nombre o agradecer a alguien su tiempo. Si así fuera, quizás estaríamos confundiendo la espontaneidad con la indiferencia, exponiéndonos a un mayor empobrecimiento colectivo.
En este aparente progreso, encontramos otra señal curiosa: la reedición de debates que considerábamos obsoletos. En el siglo XXI, vuelven a surgir debates que parecían propios de los años cincuenta del siglo pasado. De nuevo, es como si la sociedad avanzara extraordinariamente en tecnología, pero retrocediera en la madurez de la reflexión y en la capacidad de aprender de la experiencia histórica. Una vez más, quizás el mayor error de nuestro tiempo sea confundir la evolución tecnológica con el progreso humano. Erich Fromm que fue un destacado psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista de origen judío alemán, destacó que una sociedad puede acostumbrarse a comportamientos que la empobrecen y llegar a considerarlos naturales. Una de sus ideas para la reflexión es que el hecho de que una actitud sea ampliamente aceptada no la transforma, por sí solo, en un signo de progreso.
Esta preocupación no es nueva. Ortega y Gasset, y otros filósofos nos recordaron, cada uno a su manera, que una civilización no se mide únicamente por la tecnología que domina, sino por la humanidad que logra preservar.
Debemos recordar que el verdadero progreso quizás nunca haya sido una cuestión de velocidad, innovación o poder. Tal vez sea, sobre todo, un proceso civilizatorio: uno que transforma el conocimiento en sabiduría, la libertad en responsabilidad, la diferencia en coexistencia y el desarrollo en humanidad.
