Frecuentemente me topo en redes con las intervenciones de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo. Cada mañana celebra su liturgia política, «la mañanera», desde su palacio. La he visto muchas veces: su tono, su lenguaje corporal, sus aristas duras y su ideología. Entre ella y su predecesor han conseguido llevar las relaciones entre México y España a una crisis diplomática tan innecesaria como ruidosa. El indigenismo radical que ambos han promovido, centrado en Hernán Cortés y la llegada de los españoles, merece algunas reflexiones. Hoy me permitiré hacerlas.
Isabel Díaz Ayuso ha viajado estos días a México y, para Sheinbaum, parecía como si hubiera desembarcado el mismísimo Cortés. Una regresión emocional a la Noche Triste, pero sin lluvia, sin bergantines y sin Tenochtitlan. Desde que en 2019 López Obrador envió una carta al rey Felipe VI, las relaciones entre ambos países se han deteriorado de manera absurda, artificial y, sobre todo, teatral. En el origen, Cortés; en el final, AMLO y su sucesora; y en medio, Díaz Ayuso, que pasaba por allí. La escena se entiende mejor repasando a sus protagonistas.
Creo que Díaz Ayuso no debió emprender este viaje ahora, y menos aún intentar participar en un acto de evidente matiz político interno como es la reinterpretación de la llegada española. Las cosas están «calientes» entre ambos países y, aunque no haya existido ruptura formal, sí hubo una petición de «suspensión» de relaciones enviada por López Obrador al Rey. Felipe VI no contestó nunca —lo cual, visto el contenido, quizá fue su mejor respuesta— y solo recientemente ha hecho unas declaraciones tan genéricas que sirven para un roto, un descosido y un mantel de hule.
El mensaje que se envía desde ciertos sectores en México es claro: llegaron los españoles, cometieron un genocidio y fueron terribles; debemos pedir perdón y devolver objetos históricos. La presidenta de Madrid recoge el mensaje de la derecha española y viaja allí. También recoge el sentir de muchos mexicanos, es justo decirlo. Pero este viaje sobraba. Quizá habría sido más prudente visitar Patones de Arriba, donde nadie la confundiría con un conquistador.
Enganchar con Hernán Cortés en México es viajar de la mitología española de derechas a la mitología mexicana de izquierdas. El choque era inevitable: Díaz Ayuso y Claudia Sheinbaum tienen perfiles parecidos. «De las aguas mansas líbreme Dios, que de las bravas me libro yo».
La presidenta Claudia tiene más o menos el mismo perfil mexica que yo: ninguno. Es judía, mexicana de primera generación. Nada que ver con aztecas, mayas o mexicas. Su padre, Sheinbaum Yoselevitz, era un judío asquenazí con raíces en Lituania; su madre, Pardo Cemo, una judía sefardí nacida en Bulgaria. Es decir, está más cerca de Sefarad que de Tenochtitlan. Como escribió Carlos Fuentes: «España es una de nuestras casas antiguas, y aunque discutamos con ella, no podemos negar que allí está nuestra sangre». Una frase que le encaja a la presidenta más de lo que ella misma admitiría.
Mi familia, como la suya, tiene apellidos judíos y alguna rama marcada por la Inquisición. Luis de Carvajal, judío de ascendencia castellana, fue quemado por la Inquisición en México. La diferencia es que ella se viste de indigenismo; yo no. Mi familia no emigró a México, sino a Tampa, aunque muchos asturianos sí lo hicieron. Me gustaría que visitase el Centro Asturiano de la Ciudad de México: quizá entre una fabada y un culín de sidra se le suavizaría el indigenismo.
Hernán Cortés nació en Medellín, Extremadura, donde tiene una estatua imponente. Una visita de la presidenta de México al pueblo de origen de muchos de sus actuales ciudadanos no vendría mal. Si yo fuera el alcalde de Trujillo, la invitaría encantado y prepararía unas buenas migas. Entre la fabada del Centro Asturiano y las migas de Trujillo quizá cambiaría algunas ideas.
La historia es mucho más cubista que la mitología. No es una narración lineal de «españoles contra indígenas», sino un proceso político, militar y simbólico donde intervinieron alianzas indígenas, guerras internas, epidemias, traiciones y errores estratégicos. El Imperio mexica dominaba buena parte de Mesoamérica mediante tributos y guerras. Muchos pueblos sometidos —tlaxcaltecas, totonacas, huejotzingas— resentían ese dominio. Tenochtitlan era una ciudad monumental de unos 200 000 habitantes. Cortés desembarcó con 500 hombres y 16 caballos. El resto lo hicieron las alianzas indígenas, la viruela y la política.
Por 500 hombres y 16 caballos frente a 200 000 personas, ¿deberían pedir perdón 40 millones de españoles más sus descendientes mexicanos? En estas coordenadas se mueve la presidenta, y antes AMLO. Cortés se alió con los totonacas, combatió a los tlaxcaltecas —que luego serían sus principales aliados— y avanzó hacia la capital. Moctezuma II lo recibió pacíficamente. Luego vino la rebelión, la muerte del emperador, la Noche Triste, el repliegue a Tlaxcala, los bergantines, el sitio y la caída de Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521.
Cortés tuvo una esposa indígena, Tecuichpo —Isabel Moctezuma—, hija del emperador. Tuvieron una hija, Leonor. También tuvo un hijo, Martín, con Malintzin (doña Marina). Por eso digo que quizá es más indígena la familia de Hernán Cortés que la de la presidenta de México. Uno es de donde quiere, pero conviene saber dónde pisa.
El último protagonista del sainete es López Obrador. De origen mestizo local, de Tabasco, región maya-chontal que nunca formó parte del Imperio azteca. Cuando llegaron los españoles, Tabasco era independiente del poder mexica. En resumen: la etnia de López Obrador pasaba por allí, se puso de perfil y luchó contra los mexicas. Y además, es mestizo.
Ayuso ha tenido su Noche Triste, como Cortés: una torpeza en mal momento. Pero mayor torpeza es introducir malestar, como hicieron López Obrador y Sheinbaum, entre dos países que han mantenido una identidad de pueblo evidente: cultura, sangre e historia común, incluyendo el exilio democrático. Como escribió Octavio Paz: «España y México son dos ramas del mismo árbol: a veces se hieren, pero comparten la misma savia».
Y en el fondo, la recién llegada se apellida Pardo, que es de origen gallego. Y como dijo Alfonso Reyes, que sabía más que todos ellos juntos: «España no es para nosotros un país extranjero, sino una patria ampliada». La política puede disfrazar la historia, pero la historia no deja de ser lo que es. Y entre México y España, por más ruido que hagan algunos, la sangre, la lengua y la memoria siguen siendo más fuertes que cualquier «mañanera».
