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"La guerra debería ser casi como un arte"

Un artículo de Victoria Florit


(Foto: DEPOSITPHOTOS.COM)
(Foto: DEPOSITPHOTOS.COM)

Sun Tzu vivió en el siglo VI o V a. C. y de él son los más famosos libros sobre estrategia militar, sobre la guerra. En su tiempo la guerra era considerada casi como un arte. Tal arte obedecía a reglas donde el código de honor era la piedra angular.

En aquellos tiempos y durante muchos siglos posteriores, la guerra ocurría a lo largo de batallas y tenían campos reservados para la confrontación entre los ejércitos. Las batallas más dignas eran aquellas lideradas por los reyes, los emperadores o alguno de sus generales de mayor confianza. En el caso de morir el rey o el líder de una de las huestes, eso era la victoria cierta del ejército enemigo.

Guerras por expansión del territorio en nombre de la fe o de otros pretextos, guerras debidas a litigios entre herederos al trono, grupos rivales, traiciones, sed de poder, tentativa de vengar la honra de las doncellas, todo cabía y todo era legítimo.

Las conquistas resultantes de las guerras, fueron acompañadas por el desarrollo de las técnicas que permitían el manejo de nuevas herramientas; de todo ello tenemos páginas y páginas que nos documentan de cómo se trataban las guerras. También en los castillos y museos podemos encontrar señales de todo lo que acontecía en una guerra y su resultado. Todo esto ha pasado a ser sustituido por páginas y páginas de periódicos y reporteros de guerra transmitiendo de viva voz, siendo esto último de preferencia por parte de los que hacen la guerra.

Cierto es que, de cualquier guerra, de todas las guerras nunca hubo verdaderamente ni vencedores ni vencidos. Hoy, más que nunca podemos constatar que nadie gana y nadie pierde una guerra, todos pierden, todos perdemos.

Desde el tiempo de la I Guerra Mundial que segó la vida de millones de seres humanos, pasando por la II Guerra Mundial con el Holocausto y trágico fin en el que los EE. UU. de América decidieron lanzar dos bombas atómicas sobre el suelo japonés, la Humanidad tendrá el derecho (y el deber) de proclamar un firme “No a las guerras”.

Y mientras, ¡¡Cuántas víctimas han caído en toda la tierra!!, ¡¡Cuántas muertes de inocentes!! ¡¡cuántas novias por casar!! Y la pregunta ¿qué o por qué es el fin de las guerras? La mayoría de las veces, la respuesta es: la codicia, la codicia, la codicia. Como el avance tecnológico parece alcanzar todos los rincones del Globo, se empeñan en desperdiciar millones en misiles, drones, portaaviones, ojivas, cazas de gran capacidad de reacción, bases aéreas, y más de esto, y más de aquello.

Inventan acuerdos, expanden sonrisas de cinismo e hipocresía, se dan apretones de mano con los puñales escondidos detrás de sus espaldas, mienten y desmienten… Asistimos a un espectáculo de circo en el cual los animales salvajes fueron sustituidos por los grandes líderes mundiales. Pero al revés de los leones furiosos que tanto tememos, estos nuevos generales conducen a escaladas inflacionarias, insultan a periodistas, amenazan a territorios autónomos, se juegan a los dados la soberanía de las naciones, hunden en el descrédito instituciones, pactos y libertades fundamentales que deberían regirnos siempre en cualquier obstáculo.

Ya que no es posible por las camarillas del petróleo el combate a los molinos de viento, inventados o no, cultivemos el verdadero arte en aras de una fantasía grandiosa, y ¡Viva Don Quijote de La Mancha! ¡Viva Miguel de Cervantes!

C

Christian Melis

Periodista de Menorca al Dia