El ataque se ha producido en Francia, en el corazón de Europa, en el país que vio nacer el Estado moderno, donde se luchó por acabar con los privilegios feudales y por garantizar unos derechos básicos a todas las personas con independencia de su origen y condición. Y se ha cobrado bienes muy valiosos, doce vidas de entrada, pero también otros, quizás intangibles, pero de gran valor, como son la confianza y la seguridad, y la esperanza de que las sociedades avancen. Porque son ya muchas las injusticias cometidas a lo largo de los siglos en nombre de las religiones, y ésta no deja de ser una más. Como si no hubiéramos aprendido nada de una historia bañada de sangre a causa de una cruz o de una media luna, de la defensa de unas creencias haciendo todo lo contrario de lo que éstas propugnan.
Cualquier muerte violenta suele ser inútil, pero estas doce son muy inútiles. Siempre habrá apasionados de esta profesión- la de comunicar- que, pese a cambiar constantemente, se resiste a desaparecer. Personas que creen que con la palabra, la imagen, el sonido o un trazo de lápiz pueden cambiar el mundo, luchar contra la desigualdad, cultivar la esperanza. Y la convicción es un motor muy poderoso. Hoy todos somos un poco o un mucho "Charlie Hebdo" y con la voz que parte de su redacción ya no tiene, queremos expresar nuestra solidaridad con todas las personas y las familias que sufren las peores consecuencias de la falta de la libertad de expresión, y nuestra absoluta convicción de que al igual que no desaparecen los seguidores, también los más radicales, de Alá o Cristo, tampoco desaparecerán jamás los profesionales comprometidos en los medios de comunicación.
