El Teatre Principal de Maó ha vivido esta noche una de esas veladas que quedan grabadas en la memoria acústica y emocional de la isla. Con una gran asistencia, el público menorquín acudió en masa para presenciar el debut en este escenario de María Fernández Benítez, conocida artísticament como María Terremoto. La expectación era máxima por ver en directo a una de las figuras más destacadas de la nueva generación del flamenco, y la cantaora de Jerez de la Frontera (1999) no solo cumplió con las expectativas, sino que desbordó el escenario.
Heredera de una de las grandes sagas del arte jondo —hija de Fernando Terremoto y nieta del mítico Terremoto de Jerez—, María demostró desde el primer segundo que lleva el compás en las venas y una responsabilidad histórica en la garganta. Llegaba a Menorca para presentar su nuevo trabajo discográfico, Manifiesto, y lo hizo desplegando una presencia hipnótica, magnética y una fuerza escénica verdaderamente visceral.
Un viaje de la raíz a la fiesta
El concierto fue concebido como un viaje de búsqueda emocional, expiación y alegría. La noche comenzó en la raíz más cruda, con la sobriedad y el desgarro de un romance que hizo enmudecer a la platea. Con una voz poderosa y una personalidad artística desbordante, la jerezana fue desgranando las letras de su nuevo álbum; un ensayo de sus propias emociones donde expone, con sinceridad y belleza, la literatura de sus inquietudes.
Acompañada por un cuadro flamenco de primer nivel que supo arropar su torrente de voz, María Terremoto conectó de inmediato con el público. Hubo momentos de profunda intimidad, donde la puresa, la sencillez y la hondura se dieron la mano, recordando al público una de las premisas de la propia artista: "lo puro no tiene por qué ser necesariamente simple, aunque lo parezca".
El clímax de la noche llegó en el tramo final. La solemnidad dio paso a la celebración y el concierto terminó por todo lo alto, contagiando al Teatre Principal con la frondosa fiesta de unas bulerías marca de la casa. El público, entregado a la fuerza de sus antepasados y a las nuevas vías expresivas que María abre dentro del flamenco contemporáneo, se puso en pie para despedir a la artista con una ovación cerrada y prolongada.
Maó ha sido testigo de que el apellido Terremoto sigue haciendo honor a su nombre: un auténtico seísmo de arte, verdad y jondura.
