Me he enterado esta mañana de que el presidente Trump llama Leo al papa. La disputa entre Trump y el papa León XIV revela algo más profundo que un cruce de declaraciones: muestra la fragilidad de un orden internacional que oscila entre la fe, el poder y la propaganda.
Hace tiempo que agoté los comentarios sobre el presidente de los Estados Unidos. Echo en falta algo tan simple como una valoración positiva de su gestión. Me gustaría recibir inputs favorables para tener una visión completa, pero o no existen o no nos los muestran.
Esta semana, Trump se nos ha disfrazado de Jesucristo. Es un genio inagotable. Ha circulado una imagen generada por inteligencia artificial —desastrosa, sin gusto ético ni estético— en la que aparece imponiendo lo que parece ser la extremaunción a un enfermo, rodeado de aviones y ángeles-soldados.
Me he reído con Jon Stewart, el presentador americano del estilo del Gran Wyoming. Muy crítico con Trump, escenificó en directo que el moribundo de la imagen se parecía sospechosamente a él mismo y lanzó a la audiencia la pregunta: «¿Estoy yo bien?». Hace reír por su narcisismo, pero hace llorar demasiado a la humanidad.
Trump aclaró después que no era un dibujo del Mesías, sino de un voluntario de la Cruz Roja. Increíble, pero, a su manera, un intento burdo de rebajar la tensión. Desde su lenguaje papal y su posición de sumo sacerdote de millones de personas, León XIV le lanzó aquello de «tirano». Lo dijo en plural, más impersonal, más veneciano. Pero todos lo entendimos. Y, de paso, se ganó un disgusto con su aliada más fiel en Italia, la presidenta Meloni.
Lo que le ocurre a Trump —a su «niña del exorcista» interior— es que carece de empatía. Un grupo de psiquiatras en EE. UU. ha señalado públicamente síntomas compatibles con la sociopatía. Así vamos mal: primero los ultrarreligiosos, luego los americanos, después el resto. Todos enfadados.
Y se está quedando sin amigos: obispos católicos americanos, protestantes, Meloni, Orban, los franceses callados, la extrema derecha europea en silencio, Dinamarca incómoda, el secretario general de la ONU molesto... La OTAN, que no quiere entrar en el embrollo, amenazada. El secretario general ríe las gracias, pero sin éxito.
Ya entiendo por qué quería el Nobel de la Paz: por su metodología para alcanzarla. Nada nuevo; ya lo dijeron los romanos: si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra). Mérito tiene: consigue unir, a su manera, a la extrema izquierda y a la extrema derecha italianas. Le quedan Argentina y España, con Santiago Abascal. No me detengo en él: ya escriben Ortega Smith y Espinosa de los Monteros, recién admitidos en el club de los examigos.
Como Trump se mete con el papa, Putin declara que él sí cree en Dios para aumentar la presión. Lo del papa le ha salido tan mal como lo de Irán. Es el viejo «si tú me bloqueas, yo te bloqueo». ¿Alguien entiende esta estrategia? Estoy seguro de que hará las paces con León XIV; lo tiene fácil. No tiene mérito: León XIV defiende la paz y el perdón. Trump funciona por impulsos: simpatía o antipatía instantánea. Hoy te idolatra, mañana te desprecia. Y pasado mañana vuelve a cambiar.
Con todo esto, no me da tiempo a escribir sobre lo que quería. Me gusta reposar las ideas. He terminado por fin mi libro El mundo en su límite. Crónicas de la frontera, la compilación revisada de mis artículos en Menorca al día. Escribir sobre esto no me gusta.
Me ocurre como con el fiscal general del Estado: tanto se ha dicho que me da pereza. Igual que escribir sobre el proceso penal de la mujer del presidente del Gobierno: cuatro delitos y el juez puesto a caer de un burro.
Disfruto más con el papa León XIV y con lo que dice, especialmente ahora, sobre la doctrina social de la Iglesia.
«La política es una forma eminente de caridad, porque busca el bien común». — Papa Francisco
