A principios de los años ochenta, mi querida madre estaba especialmente preocupada por mí, porque veía que en aquella época yo no tenía ningún amigo —en sentido literal— ni nadie con quien poder hablar o con quien salir de vez en cuando a dar una vuelta. Yo tenía entonces dieciséis o diecisiete años.
Un día, mi madre se puso en contacto con una conocida suya cuyo único hijo se encontraba en una situación personal muy parecida a la mía, y ambas pensaron que quizás sería bueno que tanto ese joven como yo nos conociéramos para ver si de ese modo podría acabar surgiendo una amistad. Así que, finalmente, un día quedamos los dos para ir a dar un paseo y charlar.
Recuerdo con claridad que aquel primer encuentro fue muy agradable y que ese joven me pareció una buena persona. Una circunstancia que llamó significativamente mi atención fue el hecho de que él fumase en pipa, a pesar de tener más o menos mi misma edad. En aquel tiempo, yo creía, no sé muy bien por qué, que sólo fumaban en pipa las personas mayores.
Los dos charlamos aquel día sobre cuestiones muy diversas, y cuando nos pusimos a hablar de música, me dijo que su formación favorita era Simon & Garfunkel, que me recomendó de forma apasionada. Curiosamente, en aquel momento yo aún no conocía mucho a ese mítico dúo, a pesar de que ya entonces me fascinaba por completo la mayor parte de la música soul, rock, pop o folk de los años sesenta.
Seguí su recomendación y empecé a escuchar las grabaciones conjuntas de Paul Simon y Art Garfunkel. Paralelamente, gracias a un pase televisivo de la película El graduado, que había sido rodada en 1967, pude ampliar mi conocimiento de ese popular dúo norteamericano, que con el tiempo acabaría gustándome realmente mucho.
Como es bien sabido, la excelente banda sonora de aquella obra maestra del director Mike Nichols estaba conformada en parte por canciones de Simon & Garfunkel, con temas suyos hoy ya legendarios como The sound of silence, April come she will o Mrs. Robinson. Por su parte, el reconocido músico Dave Grusin había sido el responsable de la partitura orquestal original.
Personalmente, la canción que más me gustaba de todas las que aparecían en el filme era, sin duda, Scarborough Fair, que más adelante supe que en sentido estricto no era una composición original de Simon & Garfunkel, sino una adaptación hecha por ambos de una canción popular inglesa de origen medieval.
Scarborough Fair se escucha en una de las escenas más hermosas de El graduado, cuando el joven Benjamin (Dustin Hoffman) decide de forma improvisada ir a ver a la joven de la que está enamorado, Elaine (Katharine Ross), que está estudiando en la Universidad de Berkeley. Benjamin va al encuentro de Elaine mientras de fondo escuchamos esa muy tierna y melancólica canción de amor, cuyos orígenes se remontan al parecer al siglo XII.
«¿Vas a la feria de Scarborough?/ Perejil, salvia, romero y tomillo./ Dale recuerdos a alguien que vive allí,/ a aquella que una vez fue mi amor verdadero», escuchamos al inicio de la canción, que esencialmente trata sobre un joven que ha sido abandonado por su novia. Mientras escuchamos ese romántico tema en la película, deseamos, igualmente imbuidos de un dulce romanticismo, que pueda haber un reencuentro feliz entre Benjamin y Elaine.
Si de algún modo fuera posible poder vivir en el interior de una canción, del mismo modo en que vivimos en una ciudad concreta o en una época determinada, me gustaría poder vivir en el interior de Scarborough Fair, al menos durante un tiempo, porque esa hermosísima canción me provoca una agradable sensación de sosiego y de paz, de paz conmigo mismo y con el mundo. Al mismo tiempo, me arropa y me acoge como lo haría una nana. Una nana llena de ternura y de amor.
Si además de poder vivir más o menos mágicamente en una canción, fuera también posible hacerlo una y otra vez en el interior de un año concreto, seguramente me gustaría que ese año fuera 1967, al menos también durante un tiempo, pues aquellos cuatro dígitos parecían tener en casi todo el mundo algo de luminoso, de especialmente creativo, de prometedor e ilusionante, a modo de preámbulo de un posible futuro seguramente más justo y mejor.
El verano de aquel año sería recordado, además, como el 'verano del amor', por la llegada espontánea a San Francisco de miles de jóvenes norteamericanos procedentes de todos los rincones del país, atraídos por los aires de cambio que se respiraban en dicha ciudad y en el conjunto del estado de California. Los grandes protagonistas de aquel estío irrepetible de 1967 serían los hippies y todos los ideales que defendían, como los conciertos de música popular al aire libre, el hedonismo, el antibelicismo o la espiritualidad.
Por desgracia, muy poco tiempo después, entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, muchos de los mejores deseos y anhelos de aquella época se acabarían difuminando o perdiendo poco a poco, en algunos casos ya para siempre. O al menos yo lo percibo ahora así.
Todavía hoy, cuando escucho Scarborough Fair, pienso a menudo en todo lo que supuso aquel año de 1967 para millones de personas. Y también pienso a menudo en aquel joven que fumaba en pipa y que me descubrió la grandeza y la genialidad de Simon & Garfunkel en mi adolescencia. La amistad que mi madre tanto deseaba entonces para mí no llegó a cuajar, pero no por culpa de ese agradable y amable joven, sino seguramente porque en aquel momento de mi vida yo andaba un poco perdido.
A principios de los años ochenta, yo no sabía todavía muy bien cómo iba a ser mi futuro más inmediato o qué camino vital tomaría finalmente, y por eso de algún modo prefería seguir estando más o menos solo. Aun así, recuerdo con enorme gratitud todo lo que aquel joven me ayudó entonces, seguramente sin ser él mismo consciente de ello.
Gracias a él y a otras buenas personas que igualmente fui conociendo luego a lo largo de los años, acabé descubriendo que nadie está nunca solo del todo, que siempre hay alguien que aun en los peores momentos nos protege o vela de alguna forma por nosotros.
