Govern Sabias que? Eina Salut

"Los juegos del hambre"

Un artículo de Beatriz Vilas

Como siempre, en mi cabeza apareció el diablito diciéndome: "¿Pero a ti quién te ha dado vela en este entierro?"
Como siempre, en mi cabeza apareció el diablito diciéndome: "¿Pero a ti quién te ha dado vela en este entierro?"

Estos días del puente de San Sebastián, hemos decidido pegarnos una escapada a Andorra para poder esquiar con unos amigos. La temperatura no superaba los 0 grados, nevaba sin parar y hacía un tiempo infernal.

No obstante, las pistas estaban llenas de personas esquiando, lo que me hizo pensar en lo absurdos que podemos llegar a ser los seres humanos.

Al llegar a pistas, vestida con la indumentaria adecuada —lo que me impedía caminar—, tras un año sin ponerme las botas, cargando con los esquís, los palos, el casco y demás accesorios, me dio la sensación de estar participando en "Los juegos del hambre", luchando por llegar a una silla abarrotada de gente, haciendo cola para poder tirarse en la nieve.

He de reconocer que, en el pasado, cuando vivía en la península, venir a esquiar era más sencillo y no requería hacer un viaje en avión más tres horas y media de coche. Al venir de una manera más fluida, todo me parecía más fácil. También es cierto que de eso han pasado 25 años, lo que es un punto importante a tener en cuenta.

Yo, como acostumbro a hacer siempre, cogí varias clases para los tres días, puesto que me parece un verdadero suicidio tirarse por esas pistas sin ayuda. Soy una principiante cada año, ya que acudir tres o cuatro días al año hace que pierdas la práctica.

Como siempre, en mi cabeza apareció el diablito diciéndome: "¿Pero a ti quién te ha dado vela en este entierro?".

Más aún cuando vi pasar a mi lado a un niño que no tendría más de seis añitos, como si hubiera nacido con los esquís puestos.

Pero enseguida, gracias a la maravillosa Elisabet, fui sintiéndome más cómoda y con mayor seguridad.

No fue hasta que me pasó un octogenario haciendo cuña cuando caí en lo ridículo de aquella situación. 

Aquel señor, acompañado de dos amigos que se paraban cada tres minutos esperando a que llegara, se cayó delante de mí al bajar del telesilla y pensé: "pero ¿qué hace este hombre sin ayuda aquí?"

Y es que todos estábamos preparados para la foto, esperando retratar esos momentos que nos hicieran ver mejores, más jóvenes o más guays, que el resto de nuestros conocidos en nuestro lugar de origen.

Fue ahí cuando, al igual que en la película "Los juegos del hambre", fui consciente de lo ridículo de la situación, de la lucha que tenemos todos por sobrevivir emocionalmente y de lo poco inteligentes que podemos llegar a ser.

Pero, gracias a Dios, al igual que en la película, siempre tenemos un alma caritativa que nos ayuda a superarnos. En este caso, para mí fue Elisabet, ese ángel que me ayudó a sobrevivir en el juego de las vacaciones de la nieve.

Y cuando fui consciente de ello, me quité los esquís y decidí que la única forma de compensar tanto sufrimiento era darme un maravilloso masaje y así compensar el calvario de esos días, que me habían producido dolor hasta en el último poro de mi cuerpo.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia