La pandemia de COVID-19 no solo alteró las rutinas sociales y económicas: actuó como un acelerador histórico que precipitó la ruptura definitiva del sistema de vida del siglo XX. Como ha señalado Ursula von der Leyen, el viejo orden ha muerto. Esta afirmación no es retórica: sintetiza un proceso de erosión institucional y geopolítica que comenzó con el final de la Guerra Fría y que hoy se manifiesta con una claridad inédita. Europa, que durante décadas vivió instalada en una estabilidad heredada del equilibrio bipolar, se enfrenta ahora a un escenario caracterizado por la volatilidad, la competencia estratégica y la fragmentación.
Transformaciones estructurales del orden internacional
El nuevo contexto global está definido por una serie de vectores que se entrelazan: la inteligencia artificial, la posverdad, la globalización sin frenos, la sustitución del derecho por hechos consumados, la fragmentación en bloques y el auge de liderazgos personalistas. Estos elementos no son fenómenos aislados; forman parte de un proceso de transición sistémica comparable, en escala y profundidad, a los que siguieron a la Primera Guerra Mundial o al colapso de la URSS.
Durante el siglo XX, el mundo se organizó en torno a dos polos nítidos: el soviético y el estadounidense. Ese orden bipolar, descrito por George Kennan y más tarde por Raymond Aron, ofrecía un marco relativamente estable. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991 inauguraron un periodo unipolar que Francis Fukuyama interpretó como «el fin de la historia». Sin embargo, ese momento fue breve. Hoy asistimos a la consolidación de un sistema multipolar, más cercano al descrito por Hedley Bull en The Anarchical Society, donde la ausencia de un poder hegemónico claro genera tensiones permanentes.
La reconfiguración de los bloques contemporáneos
El antiguo bloque soviético se ha diluido en la Unión Europea, mientras que Rusia ha reconstruido una esfera de influencia basada en la coerción energética y militar. China ha levantado un bloque propio, más económico que militar, pero con una proyección global creciente a través de la Nueva Ruta de la Seda. India y buena parte de Asia avanzan con agendas autónomas. Por su parte, Europa y Estados Unidos, tras décadas de alianza estratégica cimentada en la OTAN, muestran un distanciamiento que recuerda a las tensiones transatlánticas de la guerra de Irak en 2003.
Los Estados Unidos de Trump han articulado un bloque político junto a Israel y algunos países latinoamericanos, caracterizado por la primacía de la fuerza sobre el derecho y por una visión transaccional de la política exterior. Este enfoque rompe con la tradición liberal internacionalista que definió la política estadounidense desde 1945. Europa, por su parte, atraviesa un duelo silencioso. La «autonomía estratégica», concepto formulado por el general De Gaulle en los años sesenta, vuelve a ocupar un lugar central, pero la UE aún no ha logrado traducir esa aspiración en capacidades reales.
El mundo musulmán vive una crisis profunda, atrapado entre alianzas cambiantes y la histórica fractura entre chiitas y sunitas, una división que se remonta al siglo VII pero que adquirió una dimensión geopolítica moderna tras la Revolución iraní de 1979. El salafismo de ISIS, derrotado territorialmente, conserva capacidad de reorganización, como muestran los ciclos de insurgencia descritos por David Kilcullen. La reacción de Irán a la ofensiva de EE. UU. e Israel ha trasladado la tensión al petróleo, al gas y a la economía global, recordando la crisis energética de 1973.
El tablero internacional es hoy un juego de bloques sin diplomacia y con la economía como rehén. La ingenuidad hacia Estados Unidos ha dado paso a una realidad que obliga a los países a alinearse. España, dentro de Europa, oscila entre el idealismo de don Quijote y el pragmatismo de Sancho Panza, metáfora que ya utilizó Ortega y Gasset para describir la tensión entre aspiración y realidad en la política española.
La lógica de bloques en el interior de los Estados
La política de bloques no se limita al ámbito internacional. También se ha instalado en la vida interna de los países, donde reproduce dinámicas de polarización que recuerdan, en algunos aspectos, a las tensiones ideológicas de los años treinta, aunque sin su componente totalitario. Como consecuencia, la polarización se erige como un fenómeno estructural.
La extrema derecha crece en Estados Unidos, Países Bajos, Francia y buena parte de Europa. Su discurso, centrado en la inmigración y en una visión identitaria de la nación, conecta con sectores sociales que se sienten desprotegidos por la globalización. Este fenómeno ha sido estudiado por autores como Cas Mudde, quien lo define como «populismo nativista».
La extrema izquierda, heredera del anarquismo y del comunismo, intenta articular un bloque propio. Su agenda feminista y su antifascismo se han convertido en ejes identitarios que sustituyen a la antigua lucha de clases. Ambos extremos comparten un rasgo: la construcción de identidades políticas cerradas, basadas en la lógica amigo-enemigo descrita por Carl Schmitt.
España como microcosmos del conflicto
España no es ajena a este fenómeno. La desaparición de Ciudadanos ha dejado un vacío enorme en el centro político, un espacio que en la Transición ocuparon la UCD y, posteriormente, el PSOE y el PP en distintos momentos. El PSOE, al aliarse con la izquierda más radical, ha perdido parte de su electorado natural. Las sucesivas elecciones muestran que el espacio de Podemos, Sumar y sus satélites se deshace, un fenómeno comparable al declive de Syriza en Grecia o del Frente Amplio en Uruguay.
En la derecha, el bloque PP-Vox tampoco ofrece estabilidad. Vox avanza y erosiona al Partido Popular, como se ha visto en comunidades como Extremadura, Aragón y Castilla y León. Este tipo de competencia interna dentro del bloque conservador recuerda a la dinámica entre la CDU y la AfD en Alemania, o entre los republicanos tradicionales y el trumpismo en Estados Unidos. Entre ambos bloques, los nacionalismos vasco y catalán actúan como piezas decisivas, reproduciendo un patrón histórico que se remonta a la Restauración y que se intensificó durante la Segunda República. El resultado es un país atrapado en un esquema de bloques que amenaza el equilibrio territorial y político establecido por la Constitución de 1978.
Hacia una salida de la trampa frentista
La prioridad debería ser evitar la consolidación de la política de bloques como única forma de gobernabilidad. La experiencia comparada muestra que los sistemas políticos que se polarizan en exceso —como Italia en los años setenta o Bélgica en la última década— tienden a la parálisis institucional.
Una alternativa viable sería que gobernara el partido más votado con el apoyo del segundo y, si fuera necesario, del tercero. Un acuerdo entre PSOE y PP —como el que en su día protagonizaron PSOE y PP en el País Vasco— ofrecería más estabilidad que cualquier «gobierno Frankenstein» construido a base de bloques irreconciliables.
No asistimos a la caída de los dioses: somos testigos de la fractura del siglo XX y de la construcción incierta del siglo XXI.
