Cuando enseño fotos a mis bisnietos y me preguntan: «¿Qué era eso?» o «¿Quiénes erais?», me vienen recuerdos sucedidos, para mí, hace no mucho tiempo, pero que para ellos resultan muy… lejanos.
Ese era un tiempo, mi tiempo, en que había tiempo para todo.
Ese era un tiempo en que siempre había un momento para charlar, para parlotear, para socializar; un tiempo para cultivar el sentido de una amistad genuina; un tiempo en que las personas eran más personas unas con otras, un tiempo de unión y de fraternidad.
Ese era un tiempo en que la simplicidad era el único modo de intercambiar información.
Ese era un tiempo en que, como acostumbro a decir, las dificultades se superaban o se mantenían.
Ese era un tiempo en que, cuando alguien llamaba a la puerta (nunca cerrada con llave), no preguntábamos «¿Quién es?», sino que decíamos: «Entra».
Ese era un tiempo en que, con menos, teníamos tiempo para ser o sabernos felices.
Ese era un tiempo en que llevábamos carretes de fotos a revelar, esperábamos días para verlas y recibíamos los sobres con los negativos y las copias impresas para compartirlas en álbumes.
Ese era un tiempo en que nos entreteníamos sin internet. Leíamos libros, tejíamos, bordábamos, armábamos rompecabezas, escuchábamos radionovelas o cantábamos mientras fregábamos los platos.
Ese era un tiempo en que se jugaba en la calle: al escondite, a saltar a la comba, a policías y ladrones... hasta que madre nos llamaba para cenar porque los deberes ya se habían hecho en el cole.
Ese era un tiempo en que escribíamos cartas a mano, buscábamos números en el listín de la Telefónica y llamábamos desde cabinas con monedas.
Ese era un tiempo en que rebobinábamos casetes con un bolígrafo, grabábamos canciones de la radio y alquilábamos películas en videoclubs.
Ese era un tiempo en que cocinábamos sin electrodomésticos modernos y reparábamos y zurcíamos la ropa en lugar de tirarla.
Ese era un tiempo en que consultábamos enciclopedias físicas (como la Espasa) para hacer las tareas escolares o conocer el significado de las palabras.
Ese era un tiempo en que a mis niños no les oí decir «me aburro», como ahora se lo oigo decir a mis bisnietos si no tienen a su alcance un teléfono móvil…
En fin. Ese era otro tiempo.
