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El silencio

Un artículo de Victoria Florit

Imagen de Petra en Pixabay
Imagen de Petra en Pixabay

Una chica en la vigilia de oración con los jóvenes en la “Plaza de Lima” en Madrid le hizo la siguiente pregunta al Papa León en su reciente viaje a España:

“¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?”. La respuesta del Santo Padre fue:

“Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, ahí creo que es muy importante que cada uno de nosotros busque desarrollar la capacidad de estar en silencio. Muchas veces vamos con audífonos, vamos con la música, vamos con la distracción y no sabemos estar en silencio. Creo que muchas veces es precisamente en esta experiencia de silencio donde Dios puede hablarnos o donde podemos discernir la voz de Dios. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. Aquí también quisiera subrayar la importancia de buscar la verdad, porque muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras. ¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!”

Hace cuarenta años o más, muchas de las calles y avenidas de nuestras ciudades todavía eran un trozo de tierra donde no pasaba coche alguno, las voces de las calles cercanas eran conocidas por sus vecinos y el silencio formaba parte del paisaje. Había ruido, claro, pero era un ruido humano proporcional según las horas y las necesidades. El mundo todavía no había aprendido a temer al vacío o tomar conciencia de éste.

Muchos años después vino la pandemia y con ella un silencio extraño, casi clínico, asustado. Los pueblos se quedaron en suspenso y a la deriva. Por primera vez en décadas, mucha gente olvidó el sonido de su propia respiración dentro de su casa. Hubo quien descubrió en ello una especie casi de revelación. Pero el silencio cuando se prolonga se convierte en un espejo y no todos soportan estar dentro de el por mucho tiempo.

Tal vez por eso, en el momento actual de la pos-pandemia haya regresado el ruido con tanta violencia sonora; como si la sociedad entera hubiese decidido compensar el silencio impuesto, la falta de movimientos y el tiempo perdido a través del exceso. Y las calles y avenidas espaciosas hasta con el silencio se han transformado en una muestra permanente de presencia, pero de presencia ruidosa que también se hace ver. El silencio pasó a ser confundido como abandono, fracaso o invisibilidad.

Las motos son tal vez el símbolo más evidente de esta nueva condición. Muchas emergen ya modificadas a propósito, preparadas para mostrar una declaración de existencia. No basta circular: Es preciso ser oído, algo presto a ser estudiado profundamente social y psicológicamente.

El consumo también se ha vuelto lenguaje emocional. Usase el objeto para producir impacto como si cada persona tuviese la necesidad urgente de probar para que sirve una cosa incluso si no se sabe para qué. El ruido ya no es solamente acústico, es visual, social y performativo.

Y también han vuelto las colas. Curiosamente las colas de los años pasados han regresado ahora no por escasez material, sino por ¿exceso de circulación humana? Colas para consumir, para fotografiar, para participar, para no quedarse sin…

Las obras de construcción encajan perfectamente en este cuadro. Se construyen bloques, se remodelan espacios, se perforan las calles, todo como si la civilización tuviese horror a la inmovilidad. El martillo pneumático se ha vuelto en banda sonora permanente. Al igual que la música puesta en los cafés, los supermercados, gimnasios, explanadas y ascensores. Hoy casi ningún espacio público acepta el silencio como posibilidad legítima El sonido ambiental se ha convertido en una anestesia colectiva.

Y después está la velocidad. El habla acelerada, las opiniones rápidas, necesidad de responder inmediatamente a todo. Todos parecen especialistas instantáneos de todas las materias. La pausa, importante momento de ponderación, ha desaparecido del raciocinio y de la conversación.

Todo esto es un retrato de nuestro tiempo: Una civilización exhausta por el silencio, aterrorizada por la introspección y viciada en estímulos constantes para no tener que escuchar lo que todavía permanece dentro de sí.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia