"Deixem lo dol"

Un artículo de Victoria Florit

"El Maestro estaba muerto y enterrado. Nada más se podía hacer, todo se había acabado".
"El Maestro estaba muerto y enterrado. Nada más se podía hacer, todo se había acabado".

Sábado Santo. Ahora todo es silencio. El silencio de un nicho. Jesús, ya no está con nosotros, yace ya en su sepulcro. Nos parece que hay momentos en los que el fracaso llega y parece que todo está perdido. Seguramente eso también pensaron los discípulos de Jesús. El Maestro estaba muerto y enterrado. Nada más se podía hacer, todo se había acabado. En nuestro interior olvidamos nuestros pesares, nuestras enfermedades y al paso de Jesús hacia el sepulcro rezamos en silencio por todos aquellos que sufren por tener familiares desahuciados y en dificultades, diciendo:

Señor, que no desfallezcan y recuerden tus palabras que ya no puedes decirnos ahora: 

"Felices los que tienen espíritu de pobre porque de ellos es el reino de Dios”.

“Felices los que lloran, porque recibirán consuelo”.

“Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

“Alegraos, porque grande será la recompensa que recibiréis en el cielo".

El rostro desencajado de María nos miraba ayer como gritando pidiéndonos piedad. ¿Puede haber dolor más grande que el dolor de esa madre? Sus manos abiertas piden una explicación, pero nadie puede consolarla, nadie. Es la Virgen de la angustia, del dolor más extremo. No es la pena que va dentro, es la tristeza que se desborda, que no se contiene... es el dolor para el que ya no hay más llanto, para el que ya no hay más duelo.

Nuestros ojos, que llorosos tampoco entienden, buscaban respuesta por el suelo...mientras los pasos de la procesión volvían a sus iglesias, y la Virgen de la Soledad volvió a llorar a su templo. Pero a pesar de estar tan sola y tan estremecida por el llanto, todavía tiene fuerzas para acompañar nuestras soledades con su pañuelo y su regazo, donde el dolor de los que lloramos la pérdida de los nuestros, elevamos la unánime plegaria:

“Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”.

 DEIXEM LO DOL

Cuando el domingo de Pascua abrirá sus puertas de par en par dejando tras de sí las oscuras puertas de este triste sábado santo, el fuego se convertirá en vida, en luz de Cristo, y saltando de mano en mano, limpiará las tinieblas del templo parroquial.

Por la mañana, temprano, todo será júbilo, alegría, luz: que lo sepan los amigos, los familiares, todo el mundo, el mundo entero: Jesús, Ése que enterrabais hace tres días apesadumbrados, el Cristo muerto Vive, 

HA RESUCITADO.

En el cielo primaveral del domingo resonarán con gozo el repique de las campanas a la hora del encuentro: María encontrará a su hijo resucitado y con él el sentido a su vida, el fin de tanto sufrimiento. Todos juntos, caminaremos con el rostro al aire, sonrientes, desenfadados.

De puerta en puerta, anunciaremos la gran noticia: ¡Alegraos porque el Señor ha resucitado!

“Deixem lo dol. Cantem amb alegría”. Anem a donar les pasqües a María.

Una semana ha pasado desde que Jesús era aclamado al entrar en Jerusalén. Al domingo siguiente aclamamos al resucitado exclamando: ¡¡¡Aleluya!! ¡!Aleluya!!.

Hemos pasado la Semana más importante del vivir cristiano; y un año más nos hemos plantado en la calle dispuestos a hacer girar una ciudad entera a nuestra medida durante unos días de la semana. Pero, ¿por qué lo hacemos? ¿Por seguir una tradición de siglos, una simple costumbre? ¿somos folklore?, ¿somos cultura?, ¿Para qué y por qué hemos salido a la calle? ¿Qué tiene para que cientos de hombres y mujeres lo acompañen durante tantas horas? ¿Es un loco?, ¿un revolucionario? ¿O es simplemente el Hijo de Dios, el único capaz de asegurar la Vida Eterna?

Dichosos los hombres y mujeres que cada año salen al encuentro de Dios y Su Madre, sin más protagonismo que el de su presencia y acompañamiento, fieles cumplidores de una cita que la marcan la Fe, la Devoción, el Tiempo y la Historia. Son esos miles de personas anónimas que se han echado a la calle por algo más que la estética o la cultura, algo que quizás ellos mismos no sepan explicar como tampoco lo sabían los cinco mil que siguieron a Jesús hasta Betsaida y a los que tuvo que dar de comer. Ellos también buscan un alimento, el de su propia salvación. Por eso, la responsabilidad para nosotros los creyentes radica, precisamente, en que este sueño maravilloso que acabamos de vivir un año más, no se quede en una simple manifestación externa, sino que seamos capaces de conectar a toda una población con el Misterio de la Fe.

Corren tiempos difíciles para los creyentes. Hemos alcanzado la prosperidad. El llamado Mundo Occidental camina con paso firme hacia un bienestar que parece no tener límites. La Sociedad cree que así alcanzará la Felicidad y se ha permitido el lujo de olvidarse de Dios. Ya no lo necesita, lo desprecia, pero a quien está despreciando realmente es a sí misma mientras toma rumbo a ninguna parte. 

Pero no siempre resulta fácil permanecer firmes en nuestros principios, como lo hizo el Señor. Sin embargo, salieron a la calle para anunciar el Evangelio, porque por encima de todo somos  Iglesia, y así nos tienen que aceptar, como fenómenos religiosos, más allá de un valor cultural que nadie niega, pero que nunca puede ni debe ser fundamento de nada, ni menos aun justificación de una realidad que se mantiene viva desde hace siglos.

Ahora solo queda que todos nuestros corazones sean verdaderamente corazones de hermanos y todos vivamos conforme al ejemplo de Jesús no sólo esta Semana Santa pasada, sino durante todo el año, durante toda nuestra vida.

FELIZ PASCUA.


R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia