Visites culturals
Balearia

"Volver a la isla con el portátil"

Un artículo de Juan Mir

La opción del teletrabajo en Menorca conlleva el contraste de vivir a dos velocidades. (Foto: PIXABAY)
La opción del teletrabajo en Menorca conlleva el contraste de vivir a dos velocidades. (Foto: PIXABAY)

Un martes de febrero, nueve y media de la mañana. Videollamada con un distribuidor de Atenas, después otra con Lisboa, y a la una un fabricante de París que quiere renegociar condiciones. Desde casa no veo el puerto, pero oigo a los barcos grandes pitar al entrar o al salir. En la calle, ninguna cabeza.

Llevo casi veinte años en el sector de la detección de incendios y gestiono la venta en el sur de Europa, de Portugal a Chipre. Viví en Barcelona más de veinte años y durante mucho tiempo di por hecho que mi trabajo exigía quedarme. Hoy lo hago desde Maó, y quiero contar cómo es para mí, sin la postal. La postal existe, pero tiene reverso.

Para un menorquín que ha estudiado fuera, volver ha sido durante décadas una renuncia. La isla ofrecía turismo, funcionariado, algunos oficios y poco más, y el resto de la formación se quedaba en la península junto con quien la tenía. El teletrabajo ha abierto una puerta que antes no existía: tener el trabajo de Barcelona o de Londres y la vida de Maó. Tiene que ser un trabajo de fuera, porque aquí apenas se ofrece. Las empresas de aquí lo llaman fuga de talento, y se quejaban hace poco en la prensa de tener que competir con firmas inglesas o alemanas que pagan más y dejan vivir en la isla. Visto desde mi ventana es lo contrario: gente que ha podido quedarse. Para una isla que lleva generaciones viendo marcharse a sus hijos mejor formados, eso cambia bastante las cosas.

Esa puerta tiene peaje. Estar lejos de la sede es estar lejos de donde se deciden las cosas. Las carreras dentro de una empresa se construyen también con presencia, con el café con quien manda, con estar en la sala cuando se reparten los proyectos. Desde la isla uno puede hacer su trabajo tan bien como cualquiera. Lo difícil es que le den el siguiente puesto. Quien vuelve cambia parte de su crecimiento profesional por otra cosa.

Esa otra cosa, en mi caso, son mis hijas. Es verdad que hay pocas opciones de ocio comparado con una gran ciudad, y que la oferta escolar en inglés es escasa. Pero a cambio crecen en un sitio donde pueden ir andando, donde los vecinos saben quiénes son y donde el sábado no hace falta planificarlo con una semana de antelación. Tienen a mano, además, la vela o los caballos, que aquí los niños practican con la naturalidad con que en Barcelona se hace fútbol sala. Y está el tiempo: vivo a quince minutos del aeropuerto, a diez del pediatra, a diez del mar, a diez de un gran supermercado. Nada en mi vida cotidiana exige más de un cuarto de hora.

El sueldo, en cambio, cunde menos de lo que parece. Quien teletrabaja desde la isla trae un salario de fuera, pero Menorca es cara, y teletrabajar desde Maó no es teletrabajar desde Murcia: se gana lo que en Barcelona y se gasta casi lo mismo, empezando por la vivienda.

Queda lo que nadie me había advertido: el contraste. A las once y media cuelgo una llamada de Teams con tensión de multinacional. Cifras que no salen, un cliente que presiona, alguien en Inglaterra que quiere una explicación para ayer. Cierro el portátil con el pulso todavía acelerado, bajo a la calle y voy a comer al restaurante de la esquina. Allí sigue el ritmo de siempre: más o menos la misma gente, la misma conversación sobre el tiempo, el camarero que no tiene prisa porque no hay ninguna razón para tenerla.

Son dos mundos que no se tocan, y uno vive en la frontera entre ambos. Al principio es desconcertante: la cabeza sigue en París mientras el cuerpo está en Maó. Con el tiempo se convierte en algo curioso, casi en un privilegio. El entorno actúa como un amortiguador. Aquí, al salir del portátil, uno sale de verdad.

La distancia, eso sí, no ha desaparecido. Si hay que ver a los clientes en persona, y es mi caso, al final de mes he perdido horas en aeropuertos que no habría perdido viviendo en la península. Tengo mis restaurantes fijos en El Prat y en Barajas, que es una frase que nadie debería poder decir. Hace unas semanas estaba en el Hungry Club de la terminal, con un laksa de langostinos y tofu delante, cuando saltó en el móvil un Teams de esos que no se pueden dejar pasar. Media hora después, con el laksa frío y el embarque cerrándose, corría por la terminal para no perder la conexión con Menorca. Ese es el precio que pago por vivir aquí.

Termino con algo que va más allá de mi caso. Cada septiembre, cientos de jóvenes menorquines hacen la maleta para estudiar en la península. El 86 % de los universitarios de la isla se va a estudiar fuera de Baleares, en más de la mitad de los casos porque su carrera no se imparte aquí. Se van sin saber si podrán volver a vivir aquí, y muchos siguen fuera, con la profesión que en la isla no cabía.

Se ha lamentado que Menorca dejara pasar la ocasión de atraer teletrabajadores. Yo creo que la ocasión era otra: dejar volver a los que ya se habían ido. Entiendo que en la isla haya pocas ganas de atraer teletrabajadores de fuera; cada uno que llega con un sueldo de Madrid o de Londres es un motivo más para que la vivienda suba, y ya sube sola. Pero el que vuelve no es un turista de larga duración: compra en la tienda del barrio, lleva a los hijos al colegio de al lado de casa y se queda cuando se apagan las luces de la temporada. Si la isla quiere retener talento, este es el perfil más fácil de retener, porque ya quería estar aquí. Solo necesitaba una forma de trabajar.

El martes de febrero, la llamada con Atenas terminó bien. Después bajé a comer. El camarero me preguntó si había mucho trabajo. Le dije que bastante. Me sirvió el café sin prisa.


Juan Mir.

Licenciado en Comercio Internacional y MBA, casi veinte años en el sector de la detección de incendios, gestor de las ventas del sur de Europa desde Maó.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia