Llegar a casa después de un día complicado y lanzarse a por algo dulce, picar entre horas sin demasiada hambre o abrir la nevera “por si acaso”. Son situaciones cotidianas que también viven muchos menorquines y que tienen relación con lo que se conoce como hambre emocional.
Comer no responde únicamente a una necesidad física. Las emociones, el cansancio, el estrés o incluso el aburrimiento influyen directamente en nuestra manera de relacionarnos con la comida. Y en una sociedad donde el ritmo diario cada vez deja menos tiempo para descansar o desconectar, esta conducta se ha vuelto más habitual de lo que parece.
El hambre emocional aparece cuando buscamos comida para gestionar estados emocionales y no necesariamente porque el cuerpo necesite energía. Puede ocurrir después de un mal día en el trabajo, una discusión, momentos de ansiedad o simplemente durante tardes de aburrimiento en casa.
En Menorca, donde la vida social y familiar gira muchas veces alrededor de la gastronomía, también es frecuente asociar determinados alimentos con bienestar, premios o momentos de desconexión. Desde un dulce después de comer hasta picar algo viendo la televisión por la noche.
Cómo saber si es hambre real o emocional
Distinguir el hambre física de la emocional no siempre es sencillo, aunque existen algunas señales que pueden ayudar.
El hambre física suele aparecer poco a poco. Hay sensación de estómago vacío, falta de energía y cualquier comida puede servir para saciarla.
En cambio, el hambre emocional acostumbra a surgir de forma repentina y suele ir ligada a alimentos muy concretos: chocolate, snacks, bollería o comida rápida. Además, muchas veces se continúa comiendo incluso cuando el apetito ya ha desaparecido.
También hay hábitos muy comunes que pueden ser una señal de alerta:
- Comer por aburrimiento.
- Picar constantemente entre horas.
- Comer mientras se mira el móvil o la televisión.
- Buscar comida justo después de una situación estresante.
- Sentir culpa tras haber comido.
Una respuesta emocional muy habitual
Los especialistas recuerdan que el hambre emocional no es algo extraño ni un problema aislado. Forma parte de la manera en que muchas personas gestionan sus emociones.
La comida genera una sensación rápida de bienestar y además suele estar vinculada a recuerdos positivos, celebraciones o momentos de consuelo desde la infancia.
Por eso, el objetivo no pasa por prohibirse alimentos ni obsesionarse con la dieta, sino por entender qué hay detrás de ciertas conductas.
A veces, antes de abrir la nevera, puede ser útil hacerse una pregunta sencilla: “¿Tengo hambre de verdad o necesito otra cosa?”.
Quizá lo que el cuerpo pide realmente es descanso, desconexión, parar unos minutos o simplemente reconocer cómo nos sentimos.
*Un artículo de Eva Remolina (AMIC) para Menorcaaldia.com
