Govern 8M

"La revolución de la camomila"

Un artículo de Adolfo Alonso

Las flores están coloreando el paisaje menorquín.
Las flores están coloreando el paisaje menorquín.

Se hace grande en estos días la página en blanco que el ordenador muestra en la pantalla. El mundo se ha convertido en un hospital de día lleno de habitaciones con sábanas blancas para los heridos.

Me consuelo imaginando las 'camomiles' y las 'vinagrelles' que ya florecen en los campos, en los bordes de las carreteras de la isla o en las paredes secas de los caminos. Su color amarillo vivo es un color de muchos significados: alegría, optimismo, energía, creatividad; el color del sol que nos anuncia que el ciclo de la vida, una vez más, sigue, y que tenemos —algunos, y por ahora— otra vez la fortuna de ser testigos.

En Irán o en Gaza no creo que lo tengan. Es posible que los lectores estemos más ocupados en los titulares de los periódicos sobre el ataque a Irán que en la belleza de la vida, y es comprensible. Sin embargo, agarrarnos a lo más próximo y quizá a lo más frágil, como una flor de primavera, es una forma de ser fuertes, como lo fue para Nelson Mandela acogerse a la luz que entraba por la ventana enrejada de su celda en la isla prisión de Robben Island. Si él pudo, todos y cada uno de nosotros podemos sobrevivir a todo esto. Ese sí fue un Premio Nobel de la Paz con mayúsculas.

Por esto, hoy en mi artículo no quiero hablar ni sobre Extremadura y la bronca entre el PP y Vox para la investidura de María Guardiola; ni sobre la bronca del PP y Vox en general, ni sobre las barbaridades que dicen. Son tan burdas que no llegan ni a metáfora ni a eufemismo. Seguro que la dehesa extremeña está también en floración, o los cerezos o los almendros, y regalan la belleza y la paz sin negociación alguna. Ni sobre la bronca de Vox en Murcia; ni sobre la bronca de Ortega Smith o de Espinosa de los Monteros con Santiago Abascal; ni sobre los acosos sexuales a mujeres policías. Nos abren la caja de Pandora y nos dejan al cielo raso, aguantando los malos olores que nos llegan. Todos estos temas están ya suficientemente comentados, repetidos en los medios, explicados, hablados tanto en EE. UU. como en Israel. Pero ahí no tienen primavera, ni 'camomila' ni 'vinagrelles', y así les va; y así nos va a nosotros, a diferencia de ellos, que sí las tenemos. Y la luz, y el sol, y la vida.

Comentar que estamos ante un cambio brutal de paradigma en el mundo, con una potencia que pretende ser hegemónica y suprimir o dominar a quien quiera o le interese, tampoco es algo original ni nuevo. Algunas veces he citado el libro de Jesús Méndez Mateu, “Una lección de la Historia. Del helenismo al antirromanismo y del mundo colonial al antiamericanismo”. Es una premonición al comparar el helenismo con la existencia de la Roma imperial y con la actuación de los Estados Unidos en Europa en el siglo XX. Es un libro que escribe a sus nietos. Jesús, al igual que yo mismo, no fuimos capaces de ver la pandemia ni todo lo que el coronavirus ha supuesto en el control de masas mediante la propaganda y la posverdad. Lo que sí recojo aquí es su última frase: “Ya me contaréis el final, cuando volvamos a vernos allí lejos, en la eternidad, donde también os estarán aguardando todos los personajes de esta historia. Hasta entonces, recordadme con cariño, interpretad estas lecciones como una pequeña muestra del amor que os profeso… Espero perdurar en vuestro recuerdo”. Ahora, cuando vuelven las 'camomiles' desde la eternidad, un año más —como las mariposas monarca a México el día de Difuntos—, debemos resaltar la vuelta de la primavera y todo lo que sus colores y su luz simbolizan.

Y es entonces cuando en la página en blanco vuelvo a Menorca con mi espíritu, con nuestra particular metamorfosis de nuestra silenciosa revolución, soltando todas las imágenes negras y de destrucción que nos vienen. Bajo del mundo a un pequeño gran mundo como es la isla de forma abrupta, porque es la única forma de expulsar lo malo. Me ocurre siempre lo mismo: los efectos sanadores de Menorca. Muchos han escrito antes que esta isla tiene magia, una energía especial que no da a todos, sino a quien sabe verla; y para verla hay que estar intelectual y espiritualmente preparado. No es el ser humano para la isla, sino la isla para el ser humano. Menorca hace a sus elegidos y no elige a cualquiera: los expulsa. El regreso de las 'vinagrelles' es el regreso de la energía; son como un mandala, como un mosaico en blanco, verde y amarillo; algo que hay que deshojar como las margaritas amarillas que también nacen por esta época. Menorca, cuando llega la primavera, está lejos de Irán, de la península y de Europa. Está con ella misma, y los que vivimos aquí recibimos los avisos que permanentemente nos envía, llamando a la revolución de la sanación espiritual.

En estos tiempos es fundamental el proceso de introversión de la isla y de los isleños que aquí vivimos. No es una independencia territorial ni política: es una revolución que viene con las flores, que nos recuerda que los procesos metamórficos y de cambio son específicos de aquí, y desde aquí lo son para el mundo.

Todo está entremezclado en este tiempo de floración insular. Un proceso, dentro de “la revolución de la camomila” y fuera de todo lo que pasa en el mundo, es el proceso de cambio con vistas a las próximas elecciones insulares y municipales. Tenemos ya los campos verdes, los brotes verdes, la primavera política del socialismo, y es hora también de que se deshoje la 'vinagrella' de nuestro próximo futuro político insular. Llegarán nuevos nombres y nuevos modos, nuevos talantes espirituales, nuevas energías a la isla no contaminadas por lo que ocurre en el resto del universo, y se irán otros o deberán irse. No perdamos de vista esta explosión de primavera ni la desaprovechemos.

Es la revolución de la vida, es un regalo en un momento en el que lo que se regala es la muerte.

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Redacción

Periodista de Menorca al Dia